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OTRO CONSEJO EN CRISIS

El Consejo notifica a los hermanos mayores su “disconformidad” ante las filtraciones tras el último Pleno”

21 Jul 2013
Admin · 352 vistas · 0 comentarios
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EL CONSEJO DE LA UNION DE HERMANDADES DEBE DIMITIR

ANTE LA POLÉMICA SUSCITADA POR LA NEGATIVA DEL OBISPADO A DAR SU PERMISO PARA LA CELEBRACIÓN DE LA PROCESIÓN MAGNA DE 2014 SOLO CABE UNA RESPUESTA: LA DIMISION

14 Jul 2013
Admin · 335 vistas · 0 comentarios
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CRONICA DE LA SEMANA SANTA DE 2013

PEQUEÑO RESUMEN DE LAS VIVENCIAS EN ESTA PASADA SEMANA SANTA DE 2013

23 Avr 2013
Admin · 342 vistas · 0 comentarios
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LAS DESCALZAS

UN SENTIDO HOMENAJE DE FRAY JOSÉ DE SANLÚCAR A MARIA JESÚS MONJA CARMELITA QUE HA FALLECIDO A LOS 97 AÑOS DE EDAD

22 Avr 2013
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HA MUERTO ANTONIO GALLARDO MOLINA

SIEMPRE LO RECORDAREMOS POR SER EL AUTOR DE LA LETRA DEL FAMOSO VILLANCICO "DE TU CARITA DIVINA"

13 Avr 2013
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EL PADRE FRANCISCO DOMÍNGUEZ HERMANO PERPETUO DE LA HERMANDAD DE LA HUMILDAD Y PACIENCIA

FALLECIO EL DIA 11 DE ENERO DE 1947, NO TUVO TIEMPO DE VER A SU VIRGEN DE LAS LAGRIMAS, NI PROCEDER A SU SOLEMNE BENDICIÓN

07 Avr 2013
Admin · 289 vistas · 0 comentarios
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HOY, 2 DE ABRIL DE 2013, LA HERMANDAD DE LA HUMILDAD Y PACIENCIA CUMPLE 69 AÑOS DE HISTORIA

Tal día como hoy, un 2 de abril de 1944, 52 sanluqueños fundaron la Hermandad de Ntro. P. Jesús de la Humildad y Paciencia y Ntra. Sra. de las Lágrimas. Era la primera cofradía que se fundó en Sanlúcar después de la Guerra Civil que sufrió nuestro país

02 Avr 2013
Admin · 305 vistas · 0 comentarios
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Más sobre el Cristo de la Luz

En un anterior artículo hablamos de la restauración del Cristo de la Luz, un Cristo del siglo XVIII y que lo podemos contemplar en la capilla de ánimas de la parroquia de la o

10 Mar 2013
Admin · 316 vistas · 0 comentarios
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El Niño que bajó del Cielo II Parte


        

María estaba algo inquieta, la tardanza inusual de José la puso algo nerviosa. Eran ya casi las  ocho y media de la noche y aún no había dado señales de vida. Ni siquiera había ido a almorzar a casa, aunque algunos domingos José solía visitar a sus padres y regresaba después de haber comido  con ellos. Pero se preguntaba porque no le había avisado, bastaba con sólo una llamada de teléfono y ella estaría tranquila, y no en la situación de incertidumbre en la que se encontraba.  María había llamado varias veces a su móvil pero de él sólo recibía la consiguiente grabación de estar apagado o fuera de cobertura.  María decidió aguardar un poco más antes de tomar alguna decisión, pensó que quizá que José se habría entretenido con algún amigo o conocido, y que estaría viendo algún partido de fútbol. Para matar esos minutos de espera, María preparó con mimo la mesa, donde colocó un mantel y en el centro un ramillete de jazmines que servían de ambientador natural. La cena estaba casi  preparada en la cocina: un buen puchero y un rebujito de pescado para freírlos en el momento que él apareciera por la puerta y de postre natillas caseras.  María era una mujer bella, de sonrisa dulce y cautivadora,  tenía unos ojos azabaches tan  oscuros como la negrura de la sima de una profunda cueva. El pelo a la altura de los hombros, y una preciosa nariz respingona, que tanto gustaba a José. Su piel era blanca, tan blanca como la nieve, salpicadas de pecas que para nada la afeaban sino todo lo contrario, eran para José como perlas que resaltaban en aquella tersa piel. La belleza de María no se había resentido por la aparición de un tumor en uno de sus pechos, que le había obligado a pasar por el quirófano y pasar por una operación que fue satisfactoria,  pues el tumor, aunque era maligno, no estaba extendido y se pudo atajar a tiempo. Toda aquella amarga experiencia ya había sido superada por María, no sin pasar por el  desagradable tratamiento de quimioterapia, y la extirpación parcial de su pecho derecho, que le fue perfectamente reconstruido con los adelantos que hoy ofrece la cirugía. Todo había quedado ya, gracias a Dios, superado, por lo que María hacía una vida normal trabajando en la casa y también con unas series de actividades comerciales  que solía llevar en su tiempo libre. Aquello le servía de distracción y para no perder el contacto con sus amigas y conocidas. María era feliz, sólo la imposibilidad de ser madre le causaba, a veces, sumergirse en momentos de melancolías, sobre todo cuando veía a sus amigas con sus respectivos hijos jugando en el parque o cuando volvían de recogerlos del colegio.

    La soledad también extendía su manto de tristeza  en muchos momentos del día, sobre todo cuando María veía aquella casa huérfana de carreras y gritos de niños jugando. Pero a pesar de esos momentos de nostalgia, María era feliz, se sentía una mujer luchadora, supo enfrentarse con valentía e ilusión cuando le diagnosticaron su enfermedad y, posteriormente, demostró una fuerza interior que de seguro le sirvió para vencer aquellas sesiones de quimioterapias, operaciones y, por último, un periodo no corto de convalecencia.

        Por fin, María oyó el sonido de las llaves que abrían la puerta de la casa y vio aparecer por el umbral de la misma la imagen de José. Fue hacía él y lo besó, quizá de manera distinta  a otras veces. Su instinto de mujer le decía en su interior que algo extraordinario le había ocurrido a su marido. La mujer tiene un sexto sentido y María conocía muy bien a José, por mucho que él quisiera mostrarse como solía hacerlo, algo en el corazón de María le gritaba que su esposo había vivido alguna experiencia y que, por alguna razón que desconocía, tendría que sonsacársela cual si fuera un sacacorchos desconchando una botella.

          Ambos sentado en la mesa quedaron por un instante en absoluto silencio, un silencio sepulcral que nadie sabía como romper. José meditaba que contarle a su mujer, mientras, María, dilucidaba en su interior la mejor estrategia de interrogatorio. Después de unos segundos que se hicieron eternos, María preguntó a José.

-    ¿Qué te ha ocurrido, como es que has llegado más tarde de lo habitual?

José sin casi levantar la mirada del plato, contestó.

        - Nada, sólo que me entretuve charlando con unos amigos en el bar, me encontré con ellos cuando regresaba a casa y me liaron, tú sabes como son de pesados, buena gente eso sí, pero no aceptan un no por respuesta y menos cuando hay partido.

José utilizó una estrategia muy común en los hombres, sin embargo, María sabía que aquello era una mentirijilla, más propio de los niños que han llevado a cabo alguna travesura que a los mayores nos puede llegar a fastidiar y enojar.

          María no quiso insistir más por esa noche, observó el semblante de José y sacó la conclusión que quizá estuviera cansado, tal vez preocupado por el trabajo, respuestas que ella sabía perfectamente que no se ajustaban totalmente a su instinto femenino. María pensó que lo mejor sería dejar pasar aquella noche y que al día siguiente, ya con más sosiego y tranquilidad, escudriñar los pensamientos de José y aquel extraño comportamiento.

02 Sep 2012
Admin · 285 vistas · 0 comentarios
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EL NIÑO QUE BAJO DEL CIELO




El Niño que bajó del Cielo


PRIMERA PARTE

 

Era una tarde apacible del mes de diciembre, José paseaba por la orilla del mar y dejaba atrás las huella de

sus pies desnudos. Caminaba despacio absorto en un mar de dudas, la cabeza le

seguía dando vuelta, mientras acudía a su pensamiento imágenes y recuerdos de

su infancia en aquel pueblo que le vio

nacer. José había triunfado en los negocios, vivía una vida acomodada, sin

grandes sobresaltos. Tenía todo cuanto soñó: una bonita casa, un lujoso coche,

dinero suficiente para permitirse cada año unas espléndidas vacaciones, una

mujer atenta y cariñosa y un trabajo que le apasionaba, todo le sonreía y, si

embargo, los 46 años se sentía, la

edad le pesaba ya en el alma como una sombra que arrastrara cada día por

caminos polvorientos y solitarios. José detuvo sus pasos, tendido sobre la fina

arena de la playa sintió la fresca brisa del atardecer. A lo lejos veía como

empezaban a encenderse las luces de la ciudad. Acertó a atisbar guirnaldas

fluorescentes y figuras geométricas que iluminaban las calles. Había llegado de

nuevo, como cada año, la Navidad. No había cosa que más odiase José que esos

días cercanos al final del año cuando escaparates, grandes almacenes, árboles y

balcones se revestían con motivos y adornos navideños. José destetaba la

Navidad, sólo servía para gastar en demasía y perder días de trabajo. Toda

aquella parafernalia le pareció siempre un acto de hipocresía, donde renacían

los sentimientos ñoños y la cursilería invadía, por unos días, las vidas de las

personas. José era creyente pero su

Dios no tenía nada que ver con ese que le presentaron de pequeño recostado en

un humilde pesebre. Su Dios era un ser superior, con el cual había que

tratar de manera personal y muy alejado

de vacíos festejos y de histerias colectivas.

Habían pasado los días, era 22 de diciembre y

en todas las emisoras de radio y televisión se oía el soniquete que salía de

las voces de los famosos niños de San Idelfonso, cantando los números de la

lotería de Navidad. Decidió salir a la calle, era una deliciosa mañana de

domingo y José dirigió sus pasos hacía el bosquecillo que solía ser el lugar

donde de chiquillo jugaba y dejaba correr sus fantasías. Se adentró

en aquel paraje paradisíaco de verdes encinas y pinares, dispuesto a

bordear aquel río donde miles de aves anidaban cuando llegaba el invierno. El

silencio lo cubría todo con su manto de misterio, José siempre visitaba aquel

lugar cuando algo le preocupaba. Pasó un buen rato meditabundo entre retamas,

lentiscos y romeros, cuando de pronto, en lontananza creyó ver la figura de un

niño. José no dudo un momento y dirigió sus pasos hacia aquella pequeña

criatura. Cuando estaba frente a él pudo contempló su piel tostada y unos

grandes ojos azules con tanta luz encendida en sus pupilas como los haces de

luz del faro de Chipiona. Su mirada penetrante era como una saeta aguda que te

traspasa el alma. Vestía un pantalón de color marrón y una camisa beige, por

calzado unas humildes sandalias, impropias del tiempo invernal que marcaba el

calendario. Impasible y con sus ojos clavados en José, el pequeño esperaba la

reacción de aquel hombre que le pareció taciturno y abstraído en sus

pensamientos. José le pregunto:

-¿Qué haces aquí, no sientes miedo?



El tiempo ha pasado tan aprisa como si hubiera saltado las manecillas en

el reloj de José, que la noche estaba a

punto de llegar, y a José no le pareció normal que un niño tan pequeño

estuviera merodeando por aquellos parajes tan solitarios y alejados de la

ciudad.

-¿Tus padres? ¿Acaso los has perdido?


niño respondió con su cálida voz, esta vez con mayor energía.


-No, no los he perdido, ellos están conmigo

eternamente en el Cielo.


-¿En el Cielo?, -preguntó un sorprendido José


-Sí, en el Cielo, contestó el chiquito sin dudarlo

un momento.

No daba crédito a lo que oía. Se palpó todo el cuerpo, pellizcándose incluso,

para comprobar que todo aquello no era un sueño, que aquello no era una ninguna

quimera.

Una

vez percatado que estaba bien despierto y que no era fruto de su imaginación,

José invitó al pequeño Jesús a que se sentara junto a él en el tronco de un

viejo pino caído en medio de aquel bosquecillo. A su pensamiento vino como un

relámpago veloz en plena tormenta, el recuerdo de su hogar placentero, el

confort y calor de una vida que, quizá, Jesús no hubiese disfrutado. José no

creía lo que el niño le había contado, esa historia de que sus padres están en

el Cielo y que él, de alguna manera, había bajado para aparecer en su vida,

cual si fuera su ángel de la guarda. Esas cosas sólo pasan en las películas

dirigidas a gente con gran necesidad de creer y aferrarse a algo más allá que

la existencia humana. Y José no era ni mucho menos James Stewart en “Que bello

es vivir”, aquella vieja cinta en blanco y negro, que todas las navidades

pasaban por la tele.

He bajado a la tierra para hacerte feliz en esta

Navidad, sé que tu vida está vacía, que aunque lo tienes todo, te falta algo

que no te deja vivir en plenitud y paz.

José

quedó sorprendido, en efecto, su vida no estaba completa. María, su mujer, y él

ansiaba tener un hijo, pero después de tantos años de casados, el anhelado

vástago no llegaba. Habían recurrido a la ciencia, visitaron médicos y más médicos,

pero todos los intentos fueron vanos. La flor que faltaba en su jardín no

florecería, la esperanza fue desvanecida como un vilano azotado por el viento.

envidiaba a tantas familias que tenían descendencia, y con dolor, maldecía a

aquellas otras que optaban por abortar vidas inocentes. Al oír noticias de

niños asesinados en guerras o por sus propios padres, José sentía en el

estomago como si le clavaran puntillas a martillazos.

Después

de varios segundos de silencio, José se preguntaba como aquel pequeño niño

podía ayudarle a ser feliz. Un ser tan débil y vulnerable, que andaba por aquel

bosquecillo cual si fuera un duende escapado de un cuento de hadas y elfos.

¿Era aquel niño el mismo Niño Dios?, era la pregunta que picoteaba el

pensamiento incrédulo de José.


La negra capa de la noche cayó

sobre el bosquecillo y José temía por la vida de Jesús, no podía dejarlo

allí sólo, desvalido, a merced de mil peligros que pudieran aparecer. Veía los

árboles azotados por un viento racheado fruto de la pleamar, y sus ramas

asemejaron aspas de molinos enormes convertidas en monstruos, como los que en

su día describió Cervantes en “El Quijote”.

Sin embargo, el pequeño no sintió miedo en ningún momento, para

desconcierto de José, mostraba una sensación de serenidad en su comportamiento,

su mirada limpia irradiaba una paz sólo comparada con la visión de un paisaje

bucólico en los cuadros que José atesoraba en su viejo desván.Aquellas pinturas que le servían de bálsamo

para mitigar tanto estrés y ansiedad, producido por el ajetreado mundo de los

negocios.



preocupación anidaba en la mente de José, las preguntas aterrizaban en su

cerebro cual si fuera una banda de gorriones que, caída la tarde, arremolinaban

sus vuelos alrededor de los naranjos de su patio. Un ritual diario que las

avecillas repetían cada jornada cuando las luces del día iban poco a poco dando

paso a la negrura de la noche.

José

tenía en el piar de aquellos pájaros tan cercanos, el mejor despertador natural

que pudiera existir, pues con puntualidad suiza, los gorrioncillos

desvelaban al amanecer y le recordaban, a la caída del sol, que era el tiempo

del descanso.

No vio otra solución que llevarse al niño con él, al menos aquella noche, ya

tendría tiempo al día siguiente de llevarlo a la comisaría de policía para que

buscaran a su familia.

Dirigiéndose

de nuevo a Jesús, José le dijo, -es muy tarde, lo mejor serás que te vengas a

mi casa y que pases allí la noche.

dándose se la vuelta, añadió -vamos hacia el coche, lo tengo aparcado a la

entrada del sendero que viene hasta este lugar.

Cuando

José emprendía los pasos hasta su vehículo sintió en su nuca una leve ráfaga de

aire helado, volvió la cabeza y contempló atónito que Jesús había desaparecido.

José buscó al pequeño en la negrura de la noche, tras los pinares que

recortaban imágenes fantasmales sobre la fina arena de aquel bosquecillo. No

había rastro del chiquillo, se había esfumado como una estrella fugaz que

dibuja su destello luminoso sobre el velo negro del cielo.


Ante la impotencia de no poder encontrar a

aquel niño, José de nuevo volvió a su primitivo pensamiento, aquella repentina

desaparición afianzó la certeza de que lo allí ocurrido respondía a un sueño, a

una visión quimérica causada por su mente huérfana de aquella paz que anhelaba.

Regresó a su casa con el propósito de olvidarse de todo lo vivido en el

bosquecillo, y con la firme decisión de no contar a María nada de lo allí

ocurrido. 

 

12 Agos 2012
Admin · 266 vistas · 0 comentarios
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